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Un antiguo tranvía crema y rojo sale de noche de una cochera oscura sobre raíles mojados

El último tranvía antes del amanecer

La Oficina de Objetos Perdidos ocupaba dos habitaciones al fondo de unas antiguas cocheras de tranvías, entre el puesto de señales en desuso y un taller donde antes se dejaban secar los asientos mojados.

Casi nadie volvía a buscar lo que había perdido.

Los paraguas se amontonaban en cubos metálicos. Los cajones estaban llenos de guantes sin pareja. Los libros permanecían abiertos por páginas que sus dueños nunca habían terminado.

Elena llevaba ocho años trabajando allí y solía adivinar la historia de cada objeto antes de leer su etiqueta.

Un guante infantil significaba lágrimas junto a unas puertas que se cerraban. Una llave sin llavero, una cerradura cambiada y una tarde echada a perder. Una novela con una esquina doblada casi siempre acababa regresando a casa.

El billete rojo no le contó nada.

Lo encontró en el bolsillo de una chaqueta de conductor recuperada del tranvía 107. Aquel coche llevaba veinte años encerrado en una nave. No tenía ruedas ni conexión a la catenaria y, según el inventario de los restauradores, estaba completamente vacío.

El billete pertenecía a otra época: una tira de cartón rojo con números desvaídos y seis orificios de canceladora.

La fecha correspondía al día siguiente.

Elena le dio la vuelta.

En el reverso aparecía su nombre completo. Debajo había una advertencia:

No dejes que llegue a la última parada.

Reconoció la caligrafía de inmediato. La cola excesivamente larga de la y, las mayúsculas apretadas, la raya donde debería haber un punto: así escribía su padre.

Daniel Rivas había desaparecido dieciocho años atrás.

Elena tenía catorce. Daniel salió para cubrir un turno nocturno, llamó desde las cocheras poco después de medianoche y prometió volver antes del desayuno.

Su tranvía apareció a la mañana siguiente en una vía de servicio. Las puertas estaban abiertas. La cabina, vacía. Sobre el asiento descansaba su reloj, que seguía funcionando.

La policía llegó a la conclusión de que se había marchado por voluntad propia.

La madre de Elena jamás lo creyó.

Durante los primeros años, Elena tampoco.

Cerró la oficina y llamó al responsable del taller de restauración.

—La chaqueta del 107. ¿Cuándo la encontrasteis?

—¿Qué chaqueta?

—La gris. Estaba dentro de la cabina.

Al otro lado hubo un silencio y después ruido de papeles.

—Abrimos el coche ayer. No había nada dentro.

Elena colgó.

En la manga izquierda de la chaqueta había una mancha de grasa. Su padre siempre se limpiaba allí la llave de las agujas.

En otro bolsillo encontró una pequeña placa de latón.

Solo tenía grabado un número:

0

Nunca había existido una línea cero.

Elena revisó los planos actuales, el archivo municipal y las rutas temporales habilitadas durante obras, huelgas e inundaciones. El cero aparecía únicamente en documentos internos para indicar que un coche estaba fuera de servicio.

En el registro de la noche en que desapareció Daniel faltaba una página entre las líneas 6 y 8.

Un fragmento de papel carbón seguía atrapado en la encuadernación. Elena colocó encima una hoja y pasó suavemente un lápiz.

Aparecieron varias palabras:

00:47.

Coche 107.

Antes del amanecer.

Debajo figuraban siete apellidos.

Elena los buscó en la hemeroteca.

Una profesora de música desaparecida después del concierto de fin de curso. Un ingeniero que nunca volvió de su guardia. Una estudiante que dejó en la residencia el pasaporte y el dinero. Un viudo visto por última vez en una parada después de medianoche.

Los siete habían desaparecido en años distintos.

En todos los casos, algún testigo aseguraba haber oído la campana de un tranvía cuando el servicio nocturno ya había terminado.

El último nombre era Daniel Rivas.

Elena recordó un plano que había encontrado de niña en el escritorio de su padre. Varias líneas a lápiz cruzaban el río, atravesaban barrios olvidados y enlazaban lugares que ninguna ruta comunicaba.

Siempre pensó que Daniel estaba proyectando una línea nueva.

Ahora comprendía que había unido los puntos donde desaparecieron aquellas personas.

El recorrido partía de las cocheras, cruzaba el río por un puente cerrado al tráfico ferroviario y terminaba en una isla cuyas vías habían sido cubiertas décadas atrás.

Junto al puente, Daniel había dibujado tres símbolos: una parada, un billete perforado y un sol naciente.

Eran las doce y veinte.

Llamar a la policía habría sido lo razonable. También habría supuesto explicar un billete fechado al día siguiente, una chaqueta que no existía en el inventario y una ruta borrada de todos los planos.

Elena guardó el mapa y el registro en su bolso, se puso la chaqueta de su padre y salió al patio.

La lluvia acababa de cesar. Los raíles brillaban bajo las farolas.

A las 00:47, una campana sonó detrás de las naves cerradas.

Primero apareció la luz.

Avanzó entre los edificios vacíos, aunque las vías de aquella zona acababan contra un muro de hormigón.

Después surgió el tranvía 107.

Ya no tenía polvo ni óxido. La carrocería color crema relucía bajo una franja roja recién pintada. Tras los cristales ardían lámparas amarillas.

En el indicador de destino se leían dos palabras:

HASTA EL AMANECER

El coche se detuvo frente a Elena.

Las puertas se abrieron.

Dentro viajaban seis personas.

Una anciana abrazaba el estuche de un violín. Un hombre con ropa de trabajo sostenía una linterna rota. Una joven observaba a Elena por encima de un libro abierto.

Elena conocía aquellos objetos. Los había catalogado todos.

Al fondo esperaba un séptimo pasajero. La sombra y el cuello levantado de una chaqueta gris ocultaban su rostro. En la muñeca le brillaba un reloj.

Elena subió.

—¿Papá?

El pasajero volvió la cabeza, pero no respondió.

Las puertas se cerraron. El tranvía arrancó con tanta suavidad que no parecía moverse por la fuerza de un motor, sino arrastrado por una idea.

Desde la plataforma delantera apareció una revisora de pelo blanco. Llevaba un uniforme antiguo, una cartera de cuero y una canceladora colgada de la muñeca.

—El billete, por favor.

Elena le entregó el cartón rojo.

La mujer leyó el nombre y sonrió.

—Por fin.

—¿Qué línea es esta?

—La última.

—¿Adónde va?

—Adonde no se atrevieron a marcharse los demás.

La canceladora chasqueó.

Un séptimo agujero apareció en el billete.

Las cocheras desaparecieron tras los cristales.

El tranvía recorría una calle que Elena no conocía. Había nieve en una acera y lluvia de verano en la opuesta. Los comercios no tenían nombre.

En algunas ventanas se encendía una luz. Dentro se veía a una persona inmóvil junto a una puerta abierta, con una maleta preparada.

—¿Están vivos? —preguntó Elena.

—Tanto como han decidido estarlo.

—¿Por qué no bajan?

—Esperan su parada.

Elena avanzó hacia el hombre de la chaqueta gris, pero la revisora le cerró el paso.

—No se molesta a los pasajeros antes del puente.

—Es mi padre.

—Aquí los parentescos no deciden el precio.

—Entonces ¿por qué me dejó el billete?

La mujer dejó de sonreír.

—Daniel Rivas no pudo dejarle nada. Los pasajeros de este tranvía no tienen un mañana.

Alzó el billete hacia la lámpara.

Elena vio que el último orificio no era redondo, sino que tenía forma de flecha.

La revisora miró de golpe hacia la cabina.

—¿Dónde lo encontró?

—Dentro del 107.

—Este es el 107.

Todos los pasajeros levantaron la vista.

Un cristal opaco separaba la cabina del resto del coche. Detrás se distinguían los hombros del conductor y una mano sobre la palanca.

—¿Quién conduce?

—Quien una vez prometió detenerse —respondió la revisora.

Elena apoyó la palma en el cristal.

La figura imitó su gesto.

Era la mano de una mujer. En uno de los dedos llevaba un fino anillo de plata, idéntico al que Elena había heredado de su madre.

Elena retrocedió.

—Esto es imposible.

—En una línea normal, sí.

La revisora le devolvió el billete.

—Su padre buscó durante años la forma de alterar este recorrido. Descubrió que el tranvía no recoge muertos. Recoge a personas en el instante en que están dispuestas a desaparecer de su propia vida.

—Mi padre no quería abandonarnos.

—Por eso permaneció a bordo. Los demás estaban preparados para bajar en un lugar donde nadie los conociera. Daniel se negó. El tranvía no pudo completar el trayecto con un pasajero indeciso y lleva dieciocho años dando vueltas.

Elena contempló al hombre silencioso. La postura, el hombro izquierdo ligeramente elevado y el ritmo de los dedos sobre la rodilla pertenecían a su padre.

—¿Por qué no habla?

—Ya pronunció su nombre una vez. Solo podrá repetirlo al bajar.

El coche redujo la velocidad.

Tras las ventanas apareció un andén iluminado por una única farola.

El letrero decía:

MUELLE VIEJO

Ese nombre había desaparecido de los planos antes de que Elena naciera, pero figuraba en el mapa de Daniel.

En el andén esperaba una niña de catorce años con un impermeable amarillo.

Era Elena.

Sostenía el viejo teléfono de casa. Aquella era la noche en que su padre había llamado para decir que volvería antes del desayuno.

Elena corrió hacia las puertas, pero no se abrieron.

—No es un recuerdo —dijo la revisora—. Es una parada. Puede bajar.

—¿Y volver a esa noche?

—Puede bajar. La línea no promete adónde llegará.

El tranvía aceleró.

Elena desplegó el plano de su padre. Los tres símbolos coincidían con tres perforaciones del billete. Entre ellos comenzó a aparecer una frase escrita con tinta pálida:

La línea no se sostiene sobre raíles.

Se sostiene sobre una decisión que nadie tomó.

Elena volvió la vista hacia la cabina.

La conductora llevaba la chaqueta verde que ella había usado aquella misma mañana.

La mujer giró la cabeza.

La luz atravesó el cristal en el ángulo exacto, revelando el perfil de Elena, envejecido y marcado por un mechón blanco.

—¿Soy yo?

—Una de sus versiones —contestó la revisora—. La que esperó demasiado.

Sonó el móvil de Elena.

No había cobertura, pero en la pantalla apareció:

PAPÁ

Respondió.

Primero oyó el chirrido de unas ruedas. Después, la voz de Daniel:

—Si me oyes, no te fíes de la última parada. No existe.

La llamada terminó.

El pasajero silencioso se puso en pie. Tenía la estatura de Daniel y llevaba su reloj, aunque su cara continuaba oculta.

El tranvía entró en el puente abandonado.

Debajo no corría el río. Se movían todas las luces de la ciudad: ventanas, farolas y coches, como si el puente cruzara cada calle al mismo tiempo.

Delante esperaba una aguja.

Una vía conducía al andén del Muelle Viejo. La otra se perdía en la oscuridad.

El billete se calentó en la mano de Elena.

La revisora dejó su canceladora sobre un asiento.

—Falta menos de un minuto.

—¿Qué ocurre en la última parada?

—Aquello para lo que usted misma se trajo hasta aquí.

—Yo no hice eso.

La mujer miró el billete rojo.

—Sí. Todavía no ha decidido por qué.

Las ruedas golpearon los raíles con mayor rapidez. La niña del andén levantó una mano. El pasajero avanzó hacia Elena.

Tras el cristal, su versión envejecida alcanzó el freno que Daniel le había advertido que no tocara.

Elena solo podía hacer una cosa.

La historia se detiene ante el desenlace

¿Qué hace Elena antes de que el tranvía alcance la aguja?