NarrameyaHistorias interactivas en las que tú decidesHistorias interactivas
Volver a las historias
Un pasillo oscuro de una antigua finca conduce a un ascensor de jaula

El edificio que escucha

Clara había vuelto a la finca de la calle Albor para vaciar el piso y entregar las llaves a la inmobiliaria. No pensaba pasar allí la noche, y mucho menos quedarse una semana.

Pero el comprador exigió las escrituras originales, el notario encontró una discrepancia en el número del piso y una tormenta de septiembre dejó media ciudad colapsada.

La finca ocupaba aquella esquina desde antes de que naciera su madre. Conservaba azulejos verdes en el portal, un ascensor de jaula que se detenía unos centímetros por debajo de cada rellano y un patio de luces por el que las conversaciones subían con más facilidad que el sol.

De niña, Clara estaba convencida de que el edificio respiraba.

De adulta se dedicaba a restaurar grabaciones para archivos y documentales. Sabía que todos los edificios tenían sonidos propios: tuberías que se contraían, bombas de agua, cables tensos, madera hinchada por la humedad. Si uno escuchaba durante suficiente tiempo, cualquier ruido podía acabar pareciendo una voz.

Eso se dijo mientras acercaba el móvil a la pared.

Grabó treinta segundos.

Al reproducir el archivo no oyó los golpes ni su propia voz.

Oyó a la tía Mercedes susurrar:

—Todavía no le contestes.

La taza cayó al suelo.

El golpe despertó a Dani Rojas, el vecino del cuarto A. Salió al rellano con una sudadera vieja y una linterna recargable.

—¿Todo bien?

—Se me ha caído una taza.

Dani miró los pedazos y luego el tabique.

—¿Te ha hablado?

Clara levantó la vista.

—¿Quién?

—El edificio.

No estaba bromeando.

Dani entró, cerró la puerta y desconectó el telefonillo amarillento de la cocina. Dejó la linterna en el suelo, proyectando sobre ellos las sombras de las grietas.

—Mi abuela decía que la finca repite las voces de los vecinos. Pensábamos que eran ecos del patio. Luego desapareció la señora Leonor.

—¿Qué Leonor?

Dani tardó en responder.

—Vivía aquí. Creo.

—¿En qué piso?

Observó el rellano, como si esperara que surgiera otra puerta entre las existentes.

—No me acuerdo.

—¿Vino la policía?

—Debió de venir.

—¿Y su apellido?

Dani abrió la boca, pero no encontró ninguno.

Clara recogió el móvil. La advertencia de Mercedes seguía en la grabación. Detrás se distinguían ahora varias voces.

Una decía el nombre de Dani.

Otra pronunciaba el de Clara.

La tercera susurraba:

—Cuatro horas.

Registraron las pertenencias de Mercedes hasta el amanecer. Había facturas ordenadas por años, cajas de medicinas, manteles que aún olían a jabón y una colección de cintas de casete escondida en el fondo del armario.

Todas llevaban una fecha, una hora y un piso.

`3.º C — Leonor — 1:18.`

`2.º A — Tomás — 18:42.`

`5.º B — Amalia — 23:07.`

Clara contó diecinueve.

Reconoció algunos nombres. Otros le produjeron algo peor: la certeza de haber conocido a esas personas sin conseguir recordar sus rostros.

Conectó la primera cinta a la grabadora de su mochila.

Una mujer hablaba desde muy lejos.

—Mercedes, si escuchas esto, no abras la puerta, aunque sea yo quien te lo pida.

Después apareció la voz de Mercedes, clara y próxima.

—Leonor desapareció tres horas y cincuenta y dos minutos después de esta grabación. El edificio no repite lo que ya ha escuchado.

Hubo una pausa.

—Ensaya lo que quiere que digamos.

En la siguiente cinta, un hombre rogaba que cuidaran de su perro. En otra, una mujer se disculpaba con un hijo cuyo nombre desaparecía bajo las interferencias. Tras cada voz, Mercedes registraba la hora en que la persona se había esfumado.

La última cinta no llevaba nombre. Sólo la fecha del día anterior a la muerte de Mercedes.

—Si eres tú quien escucha esto, perdóname, Clara. Creí que podría mantenerlo dormido.

Un golpe sonó en la grabación.

La pared respondió con el mismo golpe.

—No se lleva a las personas. Se lleva el lugar que ocupaban dentro de nosotros. Cuando nadie recuerda ya su nombre, abre una puerta.

Algo arañó lentamente el interior del tabique.

—Y cuando la puerta se abre, los guarda donde aún puedan ser escuchados.

A las siete, Clara y Dani bajaron al portal. Había dejado de llover, pero ninguno de los vecinos había salido hacia el trabajo.

La señora Pilar, del tercero A, estaba ante los buzones con un sobre.

—Oye, ¿el chico del quinto A vive solo?

—Álvaro —respondió Dani.

Pilar frunció el ceño.

—¿Álvaro qué?

—Álvaro Martín —dijo Clara, recordando al joven que subía cada tarde con el casco de la moto bajo el brazo.

Pilar examinó el sobre.

—Qué raro. Ahora sólo pone «A. M.».

El ascensor descendió vacío.

Antes de que se abrieran las puertas, la voz de Álvaro surgió del altavoz.

—Mamá, cuando te llamen, diles que sí tienes un hijo.

La cabina estaba vacía. Sin embargo, en su espejo se reflejaba un joven de pie detrás de ellos.

El verdadero Álvaro bajaba por la escalera.

—¿Habéis oído eso?

Pilar lo miró.

—Perdona, ¿tú quién eres?

A partir de aquel momento, el olvido avanzó deprisa.

El nombre de Álvaro desapareció del buzón. El administrador encontró una hoja en blanco en lugar de su contrato. Su llave dejó de abrir el quinto A. Cuando llamó a su madre, ella afirmó no tener hijos.

Sólo Clara y Dani conseguían recordarlo. Las cintas de Mercedes parecían protegerlos.

—Nos quedan menos de cuatro horas.

Llevaron a Álvaro al cuarto B y escribieron su nombre en espejos, paredes y ventanas.

A las ocho y veinte, las primeras letras empezaron a borrarse.

Dani siguió el cableado del telefonillo. Subía desde el portal, atravesaba todos los pisos y descendía al cuarto de máquinas. No tenía sentido: el sistema llevaba años sin funcionar.

Siguieron los cables hasta el sótano.

Detrás del depósito de agua encontraron una puerta estrecha oculta bajo varias capas de pintura. Clara estaba segura de que no había estado allí durante su infancia.

Dani rompió el candado oxidado.

Al otro lado no había un cuarto.

Había un pasillo enmoquetado.

El aire olía a humedad, café recién hecho y perfume antiguo. A ambos lados se extendían puertas con números imposibles: 2.º C, 4.º D, 7.º A, 9.º B. Algunas pertenecían a plantas que la finca nunca había tenido.

Detrás de cada puerta hablaba alguien.

Repetían números de teléfono, pedían que no apagaran la luz y contaban una y otra vez la misma historia, como si temieran que el silencio pudiera borrarlos por completo.

—Están aquí —susurró Dani.

Clara encontró el quinto A al final del pasillo. Al pegar el oído, escuchó a Álvaro hablando con su madre, aunque el verdadero Álvaro seguía junto a ellos.

—Todavía no está dentro. Está preparando su sitio.

Entonces vio una puerta sin número.

En lugar de mirilla tenía la rejilla de un telefonillo.

—Clara —susurró una mujer desde el otro lado.

No era Mercedes.

Era Irene, la hermana mayor de Clara.

Irene desapareció cuando Clara tenía nueve años. Su madre le había contado que se marchó tras una discusión familiar. Poco a poco dejaron de mencionarla. No quedaban fotografías, y Clara llegó a convencerse de que ciertos recuerdos —unas zapatillas rojas, una canción cantada en el baño, una mano que apretaba la suya durante una tormenta— pertenecían a otra persona.

—Irene —dijo Clara.

La puerta tembló.

Dani tiró de ella hacia atrás.

—No contestes.

Pero el recuerdo ya había regresado.

Irene había oído su propia voz en la finca y se lo había contado a Mercedes. Nadie más la creyó. Cuatro horas después se abrió la puerta del sótano.

Mercedes fue la única que continuó recordándola.

Por eso había llenado el piso de cintas. No se limitaba a registrar las desapariciones. Cada noche pronunciaba aquellos nombres para impedir que el edificio terminara de devorarlos.

La muerte de Mercedes había dejado todas las voces sin testigo.

—Yo ocupé su lugar —explicó Irene tras la rejilla—. Mientras alguien escuchara desde aquí, sólo podía llevarse a una persona cada vez.

—¿Cómo te saco?

—No puedes sacarme sólo a mí.

Las luces del pasillo se encendieron una tras otra.

Tras diecinueve puertas, diecinueve voces comenzaron a pronunciar el nombre de Clara.

—Tenemos que irnos —dijo Dani.

—Si nadie escucha desde dentro, llamará a toda la finca. Luego al edificio de al lado. Después a la calle entera.

Arriba se abrieron decenas de puertas. Los vecinos bajaban hacia el sótano, atraídos por voces conocidas.

Álvaro se miró las manos.

—No recuerdo la cara de mi madre.

Clara abrió el cuaderno de Mercedes. En la última página había tres instrucciones escritas con tinta roja:

`Una voz puede abrir el camino.`

`Muchas voces pueden obligarlo a recordar.`

`Una habitación llena de ecos puede convertirse en una jaula.`

Debajo, Mercedes había añadido:

`Ninguna salida lo conserva todo.`

A las 11:58, la voz de Clara brotó de todos los telefonillos.

—Mañana dirán que nunca viví aquí.

Esta vez terminó la frase:

—A menos que elijas quién tendrá que escuchar.

La historia se detiene ante el desenlace

¿Qué hace Clara antes de que el edificio termine su llamada?